lunes, julio 04, 2016

El Brexit o la vida

Ramón María Del Valle Inclán (poeta, escritor y dramaturgo español) sentenciaba lo siguiente en su legendario libro “Luces de Bohemia”: “En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser un sinvergüenza. En España se premia sólo lo malo”. Y es que tal vez, mi admirado Valle, a día de hoy esta frase puede que sea prolongable mucho más allá de nuestra roída piel de toro, sobre todo a la vista de los últimos giros del destino acaecidos en otros países próximos al nuestro.

A mí los referéndums siempre me pillan en bragas –o calzones-, quiero decir, suelo estar descuadrado y latoso a causa de mis propias indecisiones. Considero que resolver un problema “de muchos” está sobrevalorado, ya que no es algo que esté verdaderamente en nuestras manos. Usted lucha por solventar algo en términos de bien común pero, al final, si lo piensa con sumo detenimiento, siempre son otros los que acaban llevándose la mejor porción del pastel, de la cuenta en Suiza, quizás por lo mismo que sentenciaba el bueno de don Ramón María al aclararnos que “el orgullo es el más fatal de los consejeros humanos”.

A mí el Brexit me pilló fuera de España, que es donde debe estar uno si se quiere ganar la vida honradamente en este momento de la historia. Para lo otro, para ir tirando, siempre te puedes quedar en tu lugar de nacimiento, siempre y cuando le dores adecuadamente la píldora a la persona indicada, que es cuando consigues un buen puesto de trabajo o, como mínimo, una estupenda palmadita en la espalda. España funciona a trancas y barrancas y Europa se va por el desagüe a marchas forzadas por motivos de egocentrismo, de ideas bien sonantes al paladar, aunque difíciles a la hora de llevar a cabo.

A veces España baila frenéticamente al compás de una salvaje muiñeira o sobre un tablao flamenco y, con el tiempo, lo de siempre: “el Brexit o la vida”; o expresado de una manera más realista, las peores consecuencias de nuestras decisiones las padecen siempre los más desfavorecidos, incluso, los que no expresamos lo que debiéramos expresar por miedo al cambio. La salida de UK (Reino Unido) de la UE (Unión Europea) no es más ni menos que una banderola que alguien ondea como si se tratara de la Union Jack (banderola quebrada).

Hace años, en un estado mental bastante precario, yo me impuse a mí mismo blandir un palo y mostrarlo al público como signo inequívoco de mi república interior, que es el único estado en el que creo. Cuando acabé cayendo en un estanque de patos, cantando la vetusta Internacional y ovacionado por un puñados de ebrios personajes sin techo, mis colegas –esos seres que pasan por la vida reclamando amistad y birras gratis- me sacaron malamente de allí, con el puño cerrado (un gesto nada idealista, si tenemos en cuenta que el puño acabó en mi cara, produciendo en mí un fugaz pero intenso dolor con sabor a estado de cordura).

“Pero, ¿no ves que te estás haciendo el imbécil?”, me preguntó asqueado uno de aquellos camaradas de adolescencia, al tiempo que arrojaba el palo lo más lejos posible de su dueño, en un gesto indiscutible de rabia y conciencia cívica.

Durante unos minutos eché de menos mi rústica “bandera”. Al cabo de una hora reconozco haberme sentido un tanto redimido. Deduje que las banderas, al igual que las fronteras, no son tan necesarias cuando el que te quiere está verdaderamente a tu lado, apoyándote, sin necesidad de que tú le demuestres tu valentía, tu orgullo o tu cartera. Un amigo, el de verdad, te estima por lo que eres, él no necesita más. Él conoce tus defectos y hasta los llega a respetar. No es necesario que traces grandes logros para que te admire, porque él sabe de ti, conoce lo más profundo de tu ser y aun así te aprecia.


Por todo esto, el Brexit es el “no querer” al que está a tu lado. Esa votación nos ha demostrado que tanto no se nos ambiciona ahí fuera. Aunque los británicos ahora se sientan un tanto contritos, en el futuro más cercano no dejarán de exponerse presuntuosos, mostrándonos su “palo”, su pecho lobo. Inclusive, ondearán su patriotismo con más fuerza si cabe, pedantes de sí mismos, de su memorable pasado, sin importarles si con esto desfavorecen a unos cientos de miles de ciudadanos de a pie, personas normales y corrientes que lo único que ansían de la vida es un plato de sopa tibia y un lugar en el mundo donde poder respirar (en paz).

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