martes 15 de noviembre de 2011

INTRANQUILIDAD

Se rallan las almas compasivas al compás de una crisis maquiavélica y neurótica que a nadie deja indiferente. Se aproximan unas Elecciones que puntearán incuestionablemente las esperanzas de unos y la contrariedad de otros. Arde Oriente a causa de las insurrecciones que reclaman ecuanimidad (Siria aún es un país ametrallado); entretanto, en Occidente, y por motivos de adultez risible, los niños no ostentan derecho al voto (estoy seguro de que si ellos votaran nos iría mucho mejor a todos). El ser humano se ha ido convirtiendo en un juramento insípido, en un puchero sin ingredientes apetecibles, en un conjunto de abismos terriblemente funestos que desgastan los espíritus alicaídos de las personas de bien, personas que anhelan que las circunstancias se vuelvan propicias para vivir en armonía. Leo y releo a Papini: “Cuando el género humano es herido por una grave locura colectiva, por el hecho de ser común y universal no es advertida ni recibida como locura”.

Y la locura colectiva existe y se resiste a habitar entre nosotros, por mucho que algunos la nieguen con insistencia, reside en el ego que devora a sus semejantes gracias a incisivos ávidos de carne humana y sangre virtuosa. La enajenación colectiva nos indica impulsivamente por donde conviene dirigir nuestros pasos, porque el auténtico y benéfico camino de la humanidad, el camino del sacrificio por y para el bien común, es poco o nada agradable y llevadero, ya que está saturado de esfuerzos y obligaciones que, a día de hoy, nos venden como algo desatinado e inaceptable para los hombres y mujeres que ansían asentarse en lo más alto de la pirámide existencial, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Y es por esto que se desgastan las almas y los corazones clementes. Sollozan los honrados y reclaman justicia los injustamente ajusticiados por una sociedad insensible, mentecata y adormecida por los narcóticos de las paradójicas modas de quita y pon. Leo y releo a Pascal: “No hay más que dos clases de hombres: unos, los justos, que se creen pecadores; otros, los pecadores, que se creen los justos”. Esa es la gran paradoja, la gran iniquidad: que los que mienten lo hacen inalterablemente, sin conciencia, y los que luchan por ser personas que basan sus actos en la honestidad, se sienten solos y con sus conciencias al borde de una explosión neuronal. Mientras esto sea así, la sociedad continuará siendo una especie de sumidero en el que no se premia a los individuos honorables, sino a los desleales, a los patrañeros y ladinos. Leo a Shaw y me preocupo: “El peor pecado contra el prójimo no consiste en odiarle, sino en mirarle con indiferencia. Ésta es la esencia de la humanidad”. Cómo para no intranquilizarse…

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