martes 13 de marzo de 2012

A CIELO ABIERTO

Ocasionalmente el cielo se abre a golpes de trompetas paradisíacas y la lejanía donde reside lo inescrutable fustiga mis ansias de dormitar sobre las aceras del titubeo, esas mismas aceras donde malamente reposan durante la noche vagabundos, prostitutas con alma de princesas sin reino y mendigos que fantasean insistentemente con vino barato y esperanzas de pan, sal y limón envejecido. Pero enseguida llega la dilatación de los cuerpos inertes, las huelgas exasperadas, y el cielo decide cerrarse amargamente, al tiempo que mi mano rota de tanto como siento y te escribo ambiciona subrayar alientos de vida con sabor a noticias que anuncien -al fin- el cambio en positivo, un cambio económico y moral que haga que el ser humano pueda hacerse llamar a sí mismo “persona ecuánime”.

 A cielo abierto la tinta mastica palabras que necesitan devorar injusticias, hipocresías e depravaciones. La luz de ese cielo que por momentos se abre es algo así como una mota de polvo que ha decidido recorrer el universo para transmitirnos la necesidad de sabernos mortales en una comunidad de personas que nos aseguran día sí y día también que jamás falleceremos, como si el hecho de fallecer fuese algo cruel e innecesario, cuando no es más que la recapitulación de una vida que vegetó entre otras vidas, no es más que el epílogo virtuoso o descalabrado de un conjunto de sentimientos que jamás desaparecerán, ya que las emociones, al igual que el aire que respiramos, circulan mansamente por las callejuelas de la infinitud, dándole sentido concreto a los actos de las generaciones que están por venir. “No olvidemos que las pequeñas emociones son los capitanes de nuestras vidas y las obedecemos sin siquiera darnos cuenta”, decía Van Gogh. Lo cierto es que no somos dueños constantes de las emociones, pero sí de lo que hacemos con ellas, esto quiere decir que si el cielo se halla cerrado a día de hoy, no quiere decir que no esté en nuestra voluntad el anhelo ir seccionándolo, con constancia, para que mañana nos lo encontremos enteramente accesible. Ya que el verdadero indagador, ese que sabe que puede haber algo más allá de todo lo establecido, crece y aprende, se derrumba en su camino hacia el cambio, se levanta magullado y enseguida aprende que es él el verdadero responsable de lo que sucede, que su existencia es suya, que no pertenece a nadie más que a él. Por tanto, supongo que cuando tengamos esta emoción revoltosa en nuestros adentros, seremos capaces de transformar lo negro en blanco, en convertir los nubarrones de hoy en cielos claramente abiertos mañana, gozando de la certeza de ser quienes queremos ser, sin miedo al qué dirán.

Misterioso paisaje, Montañas y Cielo Abierto

lunes 5 de marzo de 2012

NO ES PAÍS PARA HÉROES

Llueven pelotazos de ira mientras los revólveres son recargados con balas de sufrimiento en un mundo que se muestra desnaturalizado (véase el caso de Siria). En estos instantes grises de la historia, cuando el ser humano necesita esperanzas renovadas y un alejamiento de la soledad para darle sentido al sin sentido de su existencia, son pocos los que agarran con firmeza las riendas del cambio para mejor, para que la sociedad funcione en positivo, para convertirla en un motor de bien común. "Algunas personas enfocan su vida de modo que viven con entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen", afirmaba José Ortega y Gasset. Y así es que la inmensa mayoría de personas han puesto sus malogradas esperanzas en “los otros” (políticos, sindicalistas, patrones, banqueros…), dejando de lado el plato principal, creyendo en sí mismos, sobreviviendo a base de sainetes y noticias pachuchas sobre el futuro próximo, anhelando que la luz sea una constante que muestre cómo está la situación realmente. Es como si algunas personas ambicionaran la aparición de una tropa de héroes con súper poderes que, en nombre de la justicia y la rectitud, hagan que las cosas cambien de una vez por todas, dando un giro rotundo a esta situación ignominiosa que se ha regado desde hace mucho tiempo con apariencias y atropellos. No obstante, lo que no saben estos hombres y mujeres que desean tal acontecimiento, es que no vivimos en un país de héroes, en tal caso, vivimos en un país de gentes que vegetan sobre tierras aciagas avasalladas por las acciones deshonrosas de villanos sin escrúpulos. Residimos en un terruño donde se engrandecen los gestos de personajillos que poco o nada productivo pueden aportar a una ciudadanía que ansía prosperar en el amplio sentido de la palabra.

 Los héroes –los fidedignos- muy posiblemente nos los podamos encontrar en las filas kilométricas del INEM, o mascando chicle con sabor a fiasco en las avenidas de la hipocondría dominante, donde fueron olvidados injustamente hace años, ya que en aquel momento de sobrada abundancia no eran más que unos puñeteros con fama de pesimistas, unos locos idealistas a los que les encantaba ponerse calzones demasiado ceñidos y capas de colores presuntuosos. Lo cierto es que ellos ya no desean ser héroes en un país que no les apreció en su momento; he de suponer que ahora sólo quieren la comodidad, quieren la poesía, quieren el verdadero riesgo, quieren la libertad, quieren la bondad, el aire puro y el pecado perdonable. La heroicidad se la prestan a todos aquellos que pudiendo hacer algo por los más desfavorecidos se pasan la mayor parte del día frente al espejo, lamiéndose el ombligo, degenerando el honor de ser valiente cuando más lo necesitamos.

martes 28 de febrero de 2012

LA HORA MÁS AMARGA

Si algo va creciendo de manera sudorosa a medida que el apuro económico se adentra en los corazones de la amplia mayoría de individuos, es la falta de honradez. Ser honrado tal y como anda el mundo, equivale a ser un hombre escogido de entre cien mil, y no sólo hay falta de algo tan básico en los movimientos del día a día, sino también en lo más alto: Caso Urdangarin, Gürtell, Campeón, Palma Arena…, y un etcétera tan largo y patético que da pena y aversión el ser consciente de los tejemanejes de los poderosos, de esas personas que –supuestamente- tienen el deber de dar ejemplo de rectitud, disciplina y honradez. ¿Qué tendrían que pensar las nuevas generaciones al observar todos y cada uno de los casos de corrupción que salpican la piel de toro, piel corroída de un país aparentemente equitativo, justo y, ante todo, democrático? ¿Cómo se pueden tomar este tipo de iniquidades personas humildes que no poseen cartera para llegar a fin de mes, personas mangoneadas por el poder de los bancos, esas mismas entidades a las que se les inyecta millones de euros para que no se pongan chulos, porque si lo hacen, la cosa –al parecer- aún estaría más desgastada? ¿Cómo se le puede explicar a una persona que decide ser honesto, eficaz y sincero que estas cualidades no son válidas para alcanzar un puesto de trabajo, ya que el patrón busca lo contrario, ya que la hipocresía llama a la hipocresía, y se retroalimentan? Aún así, “toda persona honrada prefiere perder el honor antes que la conciencia” (Montaigne), aunque la conciencia social, hoy más que nunca, esté de capa caída, con los calzones por los tobillos y la mirada perdida a causa de la absenta que nos hace beber la inmoralidad. Yo no sé dónde anida la honradez que se perdió, la que aún se está perdiendo; lo que sí sé es que debe volver cuando antes para darle sentido al sin sentido que estamos sobrellevando; así como sé que sería bueno que los dirigentes políticos pusieran en nómina para sacar al país de la crisis a poetas y filósofos, ese tipo de personas que residen en la cuna del olvido, pero que serían muy eficaces a la hora de darle prestigio a las diversas Instituciones que “dirigen” esta nación de molletes corroídos por la gula de los buitres. Porque puede que ahora no nos importe tener que dar explicaciones a la hora de malversar, estafar o ningunear a nuestro vecino, mas, tal y como aclaraba el gran poeta Pablo Neruda: “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”. Y si creemos que la dicha hora va a ser amarga, no estaría de más ir haciendo acto de conciencia.

martes 14 de febrero de 2012

OCULTISMO TELEVISIVO

Algo está fallando y punza: cada día se cree menos en Dios y, con todo, va en aumento el número de personas que creen a ciegas en supercherías. Sólo tenemos que prestar atención a los programas nocturnos en innumerables cadenas de televisión donde aparecen “seres iluminados” salidos de las manos candentes de deidades hechas a imagen y semejanza de las tarjetas de crédito (o débito). Estos tipos –y tipas- aprovechando la desmoralización que causa la crisis no se cortan un pelo a la hora de hablar de sus súper poderes, con los cuales ayudarán a aquella persona que llame y ruegue, con la mayor fe posible, un trabajo para el pobre chaval que lleva 3 años en paro o para que la pareja que nos dejó regrese a nuestros brazos. Todo esto, hay que indicarlo, aderezado con rogativas a la diosa Fucsia, regente del tercer triángulo de Tauro, la cual es amiga de que se le hagan sacrificios en forma de llamadas cuyo coste oscile entre 1,50 y 1,80 euros el minuto. Algunos de estos grandes sabedores del mamporro que está por venir, todavía poseen el decoro de echarte las cartas, chupar huesos de simio, fumigar tu aura con fragancias o visionar una bola de cristal. Los que me sorprenden son aquellos que gracias a un wifi ultra sensorial, y poniendo cara de constipado, conectan con tu tía abuela de Cuenca, la cual murió de asombro hace nada menos que 20 años, y gracias a la sabiduría post mortem de la susodicha, te contestan a preguntas incontestables. Y esto me indigna, oiga. ¿Dónde han quedado aquellos videntes que te birlaban los ahorros al igual que estos pero que, al menos, le echaban un poco el rollo al asunto barajando cartas, lanzando runas en una urna o agarrando un péndulo para girarlo y girarlo encima de un papel donde previamente han escrito tu nombre, apellidos, signo del zodíaco y color preferido? Tan alicaído está nuestro ánimo que estamos dispuestos a llamar a un fulano con túnica negra para preguntarle cómo ve la situación, a lo que él contestará sin titubear: “Todo va a salir bien, cariño mío, amor, querubín, que yo poseo el poder de Ali Baba y si te digo que encuentras empleo en menos de 19 días, no tienes por qué dudar, amor, delicia, caramelo…” Estamos que se nos arruga la próstata a causa de tantas hijoputeces. Pero, pese a la risotada del tema, no estaría de más que el Estamento pertinente tomase cartas en el asunto, ya que después de 19 días, auguro que estas personas que se ven indefensas ante un mundo corrupto y sin respeto, lo único que van a recibir es una factura de teléfono angustiosa, puesto que, tal y como aseveraba Baruch Spinoza: “La causa que hace surgir, que conserva y que fomenta la superstición es, pues, el miedo”; y de miedos nos hallamos cercados.

sábado 11 de febrero de 2012

"Hay mucha gente en el mundo, pero todavía hay más rostros, pues cada uno tiene varios".


Rainer María Rilke

1875-1926.

jueves 9 de febrero de 2012

LO USUAL

En lugares remotos, más allá de lo conocido y de las palabras que no dicen nada, se encuentra un terreno apto para dejar a un lado el aprieto monetario y/o moral, los congresos de socialistas malhumorados y las repetitivas informaciones de que el mundo está a un paso de volar por los aires. Acercándonos a la verdadera realidad nos encontramos con la libertad de lo que no está bien visto por la inmensa mayoría, que son minoría a la hora de trabajar por un mundo mejor. Lejos del bucle insatisfecho donde residimos sale a la luz el proverbio de los indios Cree: “Cuando el último árbol sea cortado, el último río envenenado, el último pez pescado, sólo entonces el hombre descubrirá que el dinero no se come”. Lejos, tan lejos como lo deseemos, habitan las reglas de un mundo mejor, hecho a imagen y semejanza de la paz que tanto ansiamos, de la justicia que anhela ser vista y oída por los más débiles, por los ajusticiados injustamente a causa de las soberbias de unos pocos privilegiados a los que no les importa ver a desfavorecidos viviendo entre contenedores. Más allá de lo establecido conversan apaciblemente hombres y mujeres con pensamientos dispares, con credos distintos, pero con algo común llamado respeto. Aparte de lo señalado por las manos infames, Samuel Johnson nos dice que “es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción”, y Dominique Pire asevera que “existe una tentación extremadamente sutil y peligrosa de confundir la paz con la simple ausencia de guerra, como estar tentados de confundir la salud con la ausencia de enfermedad, o la libertad con el no estar preso.
 La terminología es a veces engañosa. Por ejemplo, la expresión "coexistencia pacífica" significa ausencia de guerra y no verdadera paz”; y ambos personajes están en lo cierto, ya que el ser humano sin paz ni esperanza se transforma, ineludiblemente, en una muesca egocéntrica y desaconsejada, ya que se engaña a sí mismo y a los que le acompañan en el trayecto existencial. Así pues, creo que queda claro que no siempre lo usual es lo mejor, no siempre lo correcto es más favorable, no siempre la verdad que se nos presenta es veraz; y al asumir esto deberíamos tener en cuenta que “la falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde”.

martes 31 de enero de 2012

CAMINAR BOCA ABAJO

Por ventura me levanto atolondrado, así como aturde el amor de una suegra marimandona, o las amistades atronadoras de cantina. Me contemplo malamente frente al espejo buscando el pensamiento apropiado que me lleve a hacia un penetrante trocito de coherencia. Al no hallarlo, decido salir a la calle con mi compañera, la soledad (“suelen decir que el hombre que apetece soledad tiene mucho de dios o de bestia”, indicaba Mateo Alemán). Varios exaltados corren calle abajo en busca y captura del penúltimo chupinazo de alcohol en vena. Decido, pues, al ver como el ser humano se convierte en una especie de aquelarre organizado por cadáveres y rogativas acabadas, caminar boca abajo con el fin de no resaltar. Ahora sí que me siento plenamente aceptado por mi entorno, por las momias embobadas que me cercan. De esa guisa entro en un local iluminado por las luces de la apariencia. Al fondo un grupillo de seres deslucidos me saludan eufóricos. Me invitan a unas copas y me ruegan que me pase por allí cuando quiera. No les preocupa que yo sea un tipo que pasa por la vida caminando boca abajo, un individuo al que no le llega la sangre a la cabeza, pero sí la bilis a las rodillas. Decido salir de aquel antro al cabo de un rato entre gritos de “ole tus huevos, tu talante y tal”. Me cuesta caminar. Por momentos incluso considero la opción de tirarme cara adelante aunque el golpe sea excesivamente doloroso. Aún así aguanto. Tengo que intentar ser como los demás, esos a los que hace un rato, frente al espejo, los bautizaba como “ganado”. Así que continúo transitando boca abajo, con cualidades de tipo duro que no da su brazo a torcer.
 Giro la esquina y el mareo va en aumento. Creo que voy a vomitar obscenidades. Pienso cómo diablos hará el resto de los mortales para avanzar todos los días de esta manera… Ni idea. Tal vez se apoyen en los demás y punto. Freno en seco y casi me caigo. Las gotas de sudor se me están metiendo en los ojos y reconozco que más pronto que tarde me la voy a pegar. Entonces rememoro las palabras de Gandhi: “Mucha gente, especialmente la ignorante, desea castigarte por decir la verdad, por ser correcto, por ser tú. Nunca te disculpes por ser correcto, o por estar años por delante de tu tiempo. Si estás en lo cierto y lo sabes, que hable tu razón. Incluso si eres una minoría de uno solo, la verdad sigue siendo la verdad”. Así es que me incorporo. La sangre vuelve a mi cabeza poco a poco. Saco un cigarro del bolsillo y lo enciendo al tiempo que la gente pasa sin prestar atención a mi erguimiento. A la sazón el humo del cigarro se pierde ante la indiferencia de mis semejantes. Y me siento bien conmigo mismo, ya que está bien tomarse la vida en serio, pero mucho mejor es no hacerlo.